21 de septiembre de 2021

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Es argentina y emigró a España: “Invertí dinero para venir a vivir como una marginal”

Claudia Salgado tiene 49 y ciudadanía española. Hace un año se instaló en La Coruña, Galicia, pero como no logró conseguir trabajo a mediano plazo casi termina viviendo en un albergue junto a su hija de 15. “Estuve a un paso de ser indigente. Pedí ayuda a los Servicios Sociales y a la Cruz Roja”.

Fue en marzo de 2021. Hacía ocho meses que había llegado a La Coruña y no lograba conseguir trabajo. Los ahorros, prácticamente, se le habían acabado. No tenía dinero para comprar comida y tuvo miedo de quedarse en la calle con su hija adolescente. “Estaba tan desesperada que fui a pedir ayuda a los Servicios Sociales Municipales”, apunta Claudia Salgado.

En la habitación donde vive, y que hasta junio pasado le pagaba el sistema de protección social español, hay espacio para una cama matrimonial, dos mesas de luz, un escritorio y un placard. El baño y la cocina los comparte con otras personas “en horarios pautados de antemano”. “Invertí dinero para venir a vivir como una marginal”, sostiene.

La historia de Claudia es la de una persona que emigró a España con ciudadanía, pero que no consiguió empleo a mediano plazo y casi termina viviendo en un albergue. “Llegar a Galicia me llevó a la ruina. Estuve a un paso de ser indigente”, reconoce. ¿Es posible que alguien con papeles al día, experiencia laboral, ahorros y un título homologado no logre insertarse en el sistema? A juzgar por la historia de Claudia Salgado, la respuesta sería que “sí”.

Con su testimonio, dice la mujer de 49 años, no busca “dar lástima” sino mostrar que, “aun haciendo las cosas bien, nadie te garantiza que la vida en el exterior sea un éxito”.

Antes y Después. Entre 2003 y 2007 Claudia vivió en Galicia junto a su papá (a la izquierda) y su ex pareja. Allí, también, gestó y dio a luz a su primera y única hija, Celeste (a la derecha), que nació en Santiago de Compostela en 2006

Algún tiempo atrás

No es la primera vez que Claudia Salgado cruza el océano Atlántico. Entre 2003 y 2007 vivió en Galicia junto a su papá y su ex pareja. Allí, además, gestó y dio a luz a su primera y única hija, Celeste, que nació en Santiago de Compostela el 9 de marzo de 2006. “En ese momento vivíamos a 80 kilómetros de La Coruña y no me costó conseguir empleo. De hecho, hasta que regresé a la Argentina, trabajé en el rubro de la hotelería”, cuenta.

Tras su vuelta al país, luego de haberse separado del padre de su hija, Claudia se instaló de nuevo en Moreno, provincia de Buenos Aires, donde tiene su casa. Si bien estuvo ocho meses desempleada, después consiguió un puesto en el sector de Recursos Humanos de una reconocida cadena de supermercados mayorista en la que se desempeñó durante casi una década.

Sus últimos cuatro años en Argentina, dice, los pasó trabajando en el área comercial de una universidad privada. Para esa altura, Claudia ya tenía resuelto que iba a volver a España. Concretó su plan en julio del año pasado, en plena pandemia.

La decisión de emigrar, lejos de ser un “volantazo”, fue totalmente premeditada y para eso ahorró dinero durante varios años. Su motivación principal, reconoce Claudia, fueron sus ganas de darle otra calidad de vida a su hija y de vivir más segura. En Buenos Aires había sido víctima de varios intentos de robo. El peor fue en 2012, cuando le desvalijaron la casa. “Creo que a partir de ese momento empecé a barajar la idea de irme”, dice.

Claudia en Santiago de Compostela, ciudad donde nació su hija Celeste en 2006. La ilusión de los primeros días en La Coruña se fue apagando ante las trabas para conseguir trabajo

Un revés impensado

El vuelo la dejó en Madrid y después se trasladó a La Coruña. Sin embargo, la ilusión por el nuevo comienzo se fue apagando de a poco ante las trabas que le impedían insertarse laboralmente. “Nunca me imaginé que, con la ciudadanía española, el título de Bachiller homologado y mis casi dos décadas de experiencia laboral, iba a resultar tan complicado encontrar trabajo en La Coruña. Entre julio y octubre de 2020, lo único que conseguí fue un puesto temporal por quince días”, cuenta Claudia acerca del reemplazo que hizo en una panadería-confitería, luego de repartir currículums de forma presencial en todos los negocios de la ciudad.

Al principio, dice Claudia, se enfocaba en los puestos cuyas tareas conocía, como atención al público, administrativa y venta comercial. Pero como sólo llegaba a la instancia de la entrevista y después no volvían a llamarla, empezó a postularse en búsquedas para personal de limpieza, de cuidado de gente adulta y de niños. Tampoco tuvo suerte.

“Por recomendación, me anoté en el centro de formación del Ayuntamiento, donde ofrecían cursos gratuitos para desempleados. Ahí me capacitaron para conseguir trabajo. También hice un curso de atención al cliente y cajera. Por mi experiencia laboral en Argentina, yo ya tenía esa formación, pero acá, lamentablemente, no te la toman como válida”, cuenta Claudia que, incluso, llegó capacitarse en charcutería para aprender a cortar fiambre.

Al no tener trabajo, las chances de alquilar una habitación empezaron a complicarse. “Como requisitos te piden un recibo de sueldo y antigüedad laboral. Yo no tenía ninguna de las dos”, dice la mujer que, para noviembre de 2020, tuvo que pedirle hospedaje a un conocido durante un mes.

Gracias a la Cruz Roja, en diciembre, consiguió un puesto de trabajo en un centro comercial, aunque también de manera temporal: en enero de 2021 volvió a quedarse sin empleo. “En ese momento la situación me superó: sentía ansiedad, depresión, angustia. Me acerqué a los Servicios Sociales Municipales para pedir que por favor me ayudaran porque ya no tenía cómo pagar un alquiler”, recapitula.

Para acceder al puesto de trabajo que tiene ahora, de 22 horas semanales en un supermercado, Claudia fue durante dos meses a hacer prácticas gratis al lugar

Por su delicada situación y el hecho de tener a cargo una menor de edad, desde la Cruz Roja le otorgaron una tarjeta alimentaria con 200 euros mensuales. “Durante los meses que la recibí, traté de estirar el dinero lo que más que pude. La prioridad siempre fue darle de comer a mi hija. De hecho, desde que estoy acá, bajé casi 15 kilos”, asegura.

En marzo de este año, se abrió la posibilidad de un puesto en un supermercado. Para acceder al mismo, Claudia fue durante dos meses a hacer prácticas gratis al lugar. “Trabajaba cinco horas diarias, pero sin goce de sueldo. Iba y venía a pie porque no tenía ni para el bus. Al final, en junio, me ofrecieron un contrato por seis meses. Son 22 horas por semana: con ese dinero, que no llega a los 500 euros, tengo que pagar la habitación y comer, porque la tarjeta alimentaria, una vez que tenés ingresos económicos, te la quitan”, explica.

Tiempo de recalcular

Mientras sigue buscando un segundo empleo en La Coruña (porque no tiene recursos para moverse a otras partes de España), Claudia siente que se equivocó “de tiempo y de lugar”. “En Argentina, a pesar de la inseguridad, yo tenía mi casa y mi sueldo todos los meses. Acá, en cambio, estoy pensando cómo hago para pagarme el techo y cómo hago para comer. Es muy triste todo esto”, dice.

“También me siento muy arrepentida por mi hija. Ella decidió venirse conmigo, afrontar todo este cambio y también la pasó muy mal. Ahora por suerte se adaptó y se hizo un grupo de amigos en el colegio, pero le costó muchísimo”, agrega.

De momento, el plan de Claudia es lograr algo de estabilidad económica para juntar dinero y regresar a la Argentina. “Me vine con la idea de que al tener ciudadanía española iba a tener acceso a todo y no fue así. La situación es tremenda: no hay empleo. El que emigra así, como vine yo, que venga preparado económica y moralmente porque toda esta situación te desmoraliza muchísimo. Si teniendo una ciudadanía me pusieron tantas trabas, no quiero imaginarme lo que debe ser venir sin la documentación en regla. Ese es el mensaje que quiero dar”, se despide.

Por Florencia Illbele para Infobae